Trata del castigo que le impone a la mujer un marido que a sufrido una infidelidad por parte de ella

EL PRECIO DE SER INFIEL
—Anda, Marta, vamos a la cama.
—Vete tú, que ahora voy yo.
Una hora y media después, voy pensando que ya se habría dormido, pero no, no se había dormido. Allí estaba el bueno de Carlos, despierto, esperándome. Me meto en la cama, me doy la vuelta y él me empieza a tocar la espalda.
—Anda, duérmete que estoy reventada.
—Joder, llevamos tres semanas sin hacer nada, y seis meses que no me la chupas.
—Vale, tienes razón. Pero sabes que me da mucho asco. Mañana te pones un condón y te la chupo un poco.
—¿Un condón? No, un condón, no. Te voy a poner una película que te va a gustar.
—Sabes que no me gustan esas películas guarras que ves.
—Esta sí te va a gustar.
Aparentaba calma, pero en el fondo se le notaba nervioso.
Carlos es mi marido, es propietario de una cadena de supermercados y, la verdad, tiene bastante dinero, lo que nos permite llevar una vida muy cómoda.
—¿Qué, Marta? ¿Te gusta la película?
—Joder, joder, joder, se me vino el mundo encima.
Mi nombre es Marta. Soy rubia, tengo 46 años, no tengo hijos. Me gusta vestir elegante, con buena ropa y buenas joyas, ya que nos lo podemos permitir. Sé que estoy de buen ver; a mis compañeros les he oído decir por detrás de mí que tengo un buen «polvo».
Yo podría vivir tranquilamente sin trabajar, pero me gusta el trabajo que hago. Trabajo en las oficinas del «Merca» en Madrid. Allí me conoció Carlos y, en cinco meses, nos casamos.
—¿Quién, coño, ha grabado esto? Joder, había bebido de más… perdóname, Carlos.
—Eres una golfa. Todo el día es que me duele la cabeza, es que no tengo ganas… No me pidas que te la chupe que me da mucho asco, y ahora esto, puta, más que puta. Pensabas callarte, golfa. Y seguro que no es la primera vez. Seguro.
—No te aseguro que no… Que nunca lo había hecho y nunca pensé en hacerte eso.
—Esto me lo ha pasado tu compañero Luis, y me ha dicho para que abra los ojos y conozca lo golfa que es su mujercita.
—Hijo de puta, hijo de puta…
Este Luis trabaja conmigo. Es un cabrón, disfruta jodiéndome la vida. Le odio a muerte. Me gustaría patearle los huevos hasta que se le revienten.
—A ver, Martita. Tienes dos opciones: o coges la maleta y te vas, dejando de vivir de puñetera madre, o cumples dos castigos que te voy a imponer.
—¿Qué dices? ¿Qué castigos?
—Ahora duérmete y mañana te digo.
—Sea lo que sea, lo acepto. Te quiero un montón.
—Ya lo has demostrado. No sé si me quieres a mí o a mi cartera. Déjalo, mañana hablamos.
Se fue a otra habitación a dormir.
Tumbada en mi cama, pensaba cómo había llegado a esta situación. La verdad es que fue inesperado. Habíamos ido a cenar los compañeros de trabajo y después fuimos a una discoteca a bailar. Tenemos un becario muy joven y el chico es muy tímido. Mientras los demás bailábamos, él estaba sentado.
—Juan, venga, ven a bailar.
—Déjalo, Marta. Estoy bien aquí.
—Anda, no seas tonto, ven a bailar con nosotros.
Le agarré de la mano y lo saqué a la pista. Al rato pusieron música lenta y el tímido me agarró y se puso a bailar conmigo. Puso su cara pegada a la mía y se arrimaba cada vez más, hasta que noté su aparato caliente junto a mi sexo.
—Tío, ¿qué coño haces? Estás pasando demasiado. Por favor, apártate. No ves que estoy casada y, encima, podría ser tu madre.
El timidito, en vez de cortarse y apartarse, lo que hizo fue meterme la lengua en la boca y, a la vez, apretar su culo contra su polla. Yo me debería haber apartado y darle un tortazo, pero me había puesto cachonda perdida; me daba igual todo. Entre que había tomado alguna copa de más, el ambiente y, encima, estaba muy oscuro todo (sí, sí, las máquinas modernas tienen la capacidad de grabar…). Deje que me magreara a tope. Notaba su polla húmeda y me notaba yo a cien.
—Juan, deberíamos dejarlo ya.
—Vamos a sentarnos al reservado, Marta, que te voy a hacer de todo.
—No, no, tú estás pirado y eres un cerdo.
Me agarró de la mano y, como si estuviera drogada, me dejé llevar al reservado. Allí me metió mano a tope y me bajó las bragas.
—Así te puedo tocar más a gusto. ¿Te gusta?
¿Qué coño sería eso del bicho? Ya lo sabría dentro de un rato.
La cosa es que en el jacuzzi nos metimos los cuatro. Con una suave esponja con jabón, me lavaron por todas las partes del cuerpo. Yo después hice lo mismo con ellos, a continuación. Pasamos a las manos: ellos me metían mano y yo a ellos también. Me metían los dedos en la boca, me los metían en el chocho, en el culo; yo hacía lo mismo, menos en el chocho, porque no tenían. Se los metía por todos los sitios.
De ahí nos fuimos a una habitación donde había una cama redonda enorme. Allí fue el desenfreno total. Me metían la lengua por todas las partes del cuerpo, me besaban, me chupaban, me sobaban, y yo a ellos lo mismo. No hubo una parte del cuerpo que no tocara, besara y chupara. Después me hicieron un sándwich: yo en medio, uno me la metió por detrás, otro por encima y el tercero en la boca. Ninguna mujer debería morirse sin sentir la sensación de tres pollas a la vez.
Se iban cambiando de posición y yo notaba que las sensaciones eran distintas. Noté la diferencia de sentir cómo se corrían en la boca, en el culo y en el chocho, y después, con el placer de oírles bramar, me corrí yo también.
—Aquí traigo el bicho. —*¡GUA GUA!* (Un enorme pastor alemán).
—¡Eso no, no, eso sí que no!
—¿Qué te pasa, Marta? ¿Qué te pasa? ¿Qué es eso? ¿No? ¿Que estás soñando una pesadilla?
—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
—No sé… Estabas chillando que «eso no, eso sí que no». Yo creo que estabas soñando una pesadilla.
—Sí, estaba en el infierno con Satán y sus tres demonios chicos, pero lo peor es que me gustaba.
—¿Qué coño dices?
—Nada, déjalo. Que me he despertado caliente y hoy vamos a disfrutar a tope.
Fin.

Enviado por: CHELUISIS

EL PRECIO DE LA INFIDELIDAD
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