Esposa fiel. Prepara velada y viaje con su marido mediante un viaje fuera de su ciudad. Un precioso vestido negro, su conjunto de lenceria… Pero tambien 2 hombres maduros que entran en escena tambien y terminan haciendo que su marido vea como ella disfruta siendo usada desde su primer orgasmo

EL VIAJE QUE SE TRUNCÓ

Habían montado el finde para salir de la rutina. Un hotel boutique en la costa, lejos del curro, de las facturas, de las cenas en pijama mirando la tele en silencio. Silvia llevaba semanas planeándolo con esa energía suya que ilumina las habitaciones, esa mezcla de extroversión y alegría que hace que caiga bien a todo el mundo desde el primer minuto. A sus 42 años, conservaba una vitalidad contagiosa, aunque en temas de sexo o sentimientos siempre se había mostrado más cortada en público, reservando su verdadera naturaleza para la intimidad con su marido.

Esa mañana, mientras se arreglaba frente al espejo, lucía ese aire suyo de pija de Salamanca mezclado con la seguridad de quien sabe que está buena. Esa forma de alzar la barbilla, de moverse con la elegancia de quien tiene cuarenta y pocos y está en su mejor momento, de dejar que su melena castaña le caiga sobre los hombros con ese desorden calculado que tanto le gustaba a David. Su piel, bronceada por el verano, brillaba bajo la luz del baño, y cuando se inclinaba para aplicarse el lápiz de labios, él podía ver la curva de sus buenos pechos presionando contra el escote del vestido.

Llevaba un vestido que se había comprado expresamente: negro, entallado, no demasiado escotado pero siempre con clase, de esos que ella justifica como «inversión» mientras David asiente sabiendo que en realidad es para que otros hombres la miren con deseo contenido. Se movía por la habitación con esa superioridad contenida que tanto le ponía, dejando ver de vez en cuando el borde de algo negro y putón bajo el tejido — un conjunto de lencería que contrastaba con su piel morena, un body de encaje que había elegido con cuidado, probándose tres diferentes antes de decidirse.

—Espera a ver lo que llevo debajo — le había susurrado en el ascensor, con una sonrisa de complicidad traviesa que iluminaba su rostro, sus ojos negros brillando con picardia—. Es para ti, solo para ti. Bueno… principalmente para ti.

El body de encaje negro, casi transparente, con aberturas estratégicas que dejaban ver la oscuridad de sus pezones y la línea de su sexo, era su regalo para reavivar lo que la rutina había apagado. Lo había elegido para que esa noche, después de cenar, volvieran a la habitación y David lo fuera quitando poco a poco, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo, llevándola a la cama con la paciencia de quien tiene toda la noche por delante.

La cena había sido perfecta. Vino caro, risas, complicidad. Silvia brillaba, sus ojos negros pillando la luz de las velas, sus manos buscando las de David sobre el mantel con una frecuencia que le hacía sentir deseado, amado, elegido. Volvieron al hotel con la promesa tácita de lo que vendría, con la electricidad de la anticipación vibrando entre ellos.

—Vamos a tomar algo en el bar antes de subir —propuso ella, con una mirada que decía estoy preparada, pero aún soy tuya, aún puedes tenerme toda para ti.

El bar del hotel era sofisticado, con luces bajas que proyectaban sombras íntimas, jazz suave que flotaba en el aire como humo, ambiente íntimo pero nunca sospechoso. En la mesa de al lado, una pareja hablaba en susurros sobre negocios o amores, nunca lo sabrían. Al fondo, el ruido cristalino de hielo en vasos y la puerta del ascensor abriéndose y cerrándose con un ding metálico que marcaba el ritmo de la noche. El olor amaderado de caoba pulida y limón de los cócteles flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de las mujeres y la colonia de los hombres.

Silvia se sentó en el taburete cruzando esas piernas largas y torneadas, dejando que el vestido se tensara sobre los muslos, revelando la curva de sus rodillas, la suavidad de su piel. Su piel despedía el aroma cálido de su perfume —algo con vainilla y notas de talco que David le había regalado en Navidad— mezclado con el olor natural de su piel, ese olor dulce y salado que tenía después de un día de calor, cuando el sudor se mezclaba con su colonia y creaba una fragancia única, animal, que excitaba a David de formas que ningún perfume comercial podía lograr.

—Mira, el Rossini está a mitad de precio —dijo, señalando la carta con una sonrisa alegre, sus dedos largos y cuidados deslizándose sobre el papel mate.

Y entonces se materializaron junto a la barra, como si la noche misma los hubiera conjurado de la oscuridad.

Dos hombres vestidos con traje impecable, el tipo de trajes que cuestan más que un utilitario. El más alto —el que llevaba el poder en los hombros, el reloj caro que brillaba discretamente, la sonrisa de quien está acostumbrado a pillar lo que quiere sin pedir permiso— se acercó primero. Su compañero, más corpulento, de manazas que parecían capaces de romper huesos y cuello de toro que estiraba el cuello de la camisa, le seguía a dos pasos de distancia, obediente, subordinado.

—Silvia… —la voz del alto era un ronquido de whisky y experiencia, de noches largas y decisiones tomadas sin dudar—. No me digas que no me reconoces.

Silvia giró la cabeza. Sus ojos se iluminaron primero de sorpresa, luego de reconocimiento genuino, y finalmente —David lo vio claramente— de algo más complejo. Alegría, sí, pero también nerviosismo, nostalgia, y esa chispa de excitación que algunas mujeres sienten cuando ven a un hombre que una vez las deseó y que ahora vuelve a hacerlo presente en su mirada.

—¡Juanjo! —exclamó, y había alegría real en su voz, una alegría que punzó a David porque era diferente a cómo le saludaba a él—. ¡Dios mío! ¿Qué haces tú aquí?

—Congreso de distribuidores —dijo Juanjo, y su sonrisa se amplió, mostrando dientes perfectos, caros—. Y este es Juan, mi compañero de Barcelona. El mejor en operaciones logísticas… y en otras cosas.

Juan, el corpulento, extendió una mano enorme, una mano de trabajador manual que contrastaba con el traje de mil euros. Silvia la estrechó con su sonrisa profesional, esa sonrisa que había perfeccionado saludando a hombres poderosos.

—Hemos coincidido en el hotel —murmuró Juan, sus ojos recorriendo el escote de Silvia sin disimulo alguno, como quien evalúa una mercancía que ya le han descrito—. Juanjo me ha hablado de ti. Mucho. Desde que os conocisteis en aquel viaje.

—Exagerado —rió Silvia, pero se ruborizó ligeramente, el color subiendo por su cuello hasta sus mejillas—. Eso fue hace años. Ya estoy en otra… en otra etapa.

—Cuatro —precisó Juanjo, acercándose un taburete más, invadiendo el espacio personal de Silvia sin pedir permiso—. Cuatro años, y sigues estando igual de… radiante. No, más. El matrimonio te sienta bien. O algo te sienta bien.

Su voz tenía ese tono de quien sabe cómo motivar, ese tono bajo y autoritario que usaba para dirigir, pero ahora aplicado a una situación diferente, más íntima, más peligrosa. Silvia se inclinó hacia él, animada por la coincidencia, por el reconocimiento, por el vino que ya circulaba por su sangre.

—¿Y tú? —preguntó Juanjo, dejando que su mano rozara casualmente el hombro desnudo de Silvia, un contacto breve pero intencionado—. ¿Sigues… siendo la mejor?

Silvia buscó la de David sobre el mármol de la barra, un gesto instintivo, de pareja, de ancla. Le presentó con una sonrisa, y su mano apretó la de él con cariño, con fuerza, como si necesitara recordar que estaba allí. Aún era suya. Aún estaba en territorio seguro. O eso creían.

Juanjo y Juan intercambiaron una mirada. Una mirada rápida, casi imperceptible, pero cargada de significado. Luego Juanjo se volvió hacia David con una sonrisa cordial pero evaluadora, la sonrisa de quien ya ha decidido que es un obstáculo menor.

—Interesante. Sentémonos juntos, ¿no? Parece que el destino nos reúne. Silvia y yo tenemos… historia que celebrar. Y me encantaría conocer al hombre que conquistó a esta diosa.

Se sentaron. Juanjo a la derecha de Silvia, Juan a su izquierda, dejando a David en el extremo, a un metro de distancia, como un espectador, como un extra en la película de su propia vida. La mesa redonda los acercaba físicamente. Las rodillas de Juanjo rozaban las de Silvia. El olor a colonia masculina —algo con notas de tabaco y cuero que emanaba de Juanjo— se mezcló con el perfume de ella, creando una atmósfera densa, cargada.

—Recuerdo cuando te vi por primera vez en el hotel de aquel viaje —dijo Juanjo, su mano descansando sobre el respaldo del taburete de Silvia, casi sobre sus hombros, protegiéndola o poseyéndola, nunca lo sabrían—. Tenías un don. Sabías escuchar, encontrar el punto débil… y dar exactamente lo que se necesitaba, aunque no se supiera. Esa intuición… quizas rara en mucha gente pero al final muy valiosa.

Su voz había bajado de tono, volviéndose más íntima, más cercana. Silvia rio, pero su risa sonó más nerviosa que de costumbre, más aguda, forzada.

—Era diferente entonces —dijo, cruzando las piernas, y el vestido se deslizó un centímetro más arriba, revelando más muslo del que ella normalmente mostraba en público.

—Eras excepcional —intervino Juan, y su mano, enorme, se posó sobre el muslo desnudo de Silvia, justo donde el vestido terminaba, y no se retiró—. Tenías… instinto. Ese instinto no se pierde. Se transforma.

La mano no se retiró. Silvia se tensó visiblemente, sus hombros subiendo, su respiración cambiando. Sus ojos buscaron los de David, una pregunta silenciosa, una súplica, una llamada. Pero no se apartó. El alcohol, la nostalgia, el halago profesional… algo la mantenía quieta, paralizada entre el deseo de huir y el deseo —que aún no reconocía— de quedarse.

—¿Frío ? —murmuró Juan, y sus dedos apretaron ligeramente su muslo, masajeándolo con una intimidad que no le correspondía—. Estás temblando.

—Un poco —susurró Silvia, y su voz tembló, dándole la razón—. El aire acondicionado…

—La piel de gallina —observó Juanjo, señalando el brazo de Silvia, donde efectivamente se veían pequeñas protuberancias—. Siempre te ponías así cuando… cuando estabas nerviosa y excitada. Lo reconozco. Lo recuerdo.

David lo notó. Lo notaron todos.

Silvia respiró hondo. Su pecho subió y bajó bajo el vestido, el body negro se marcaba levemente bajo la tela negra, los contornos de sus pezones empezando a endurecerse.

—No es lo mismo —dijo ella, débilmente, sin convicción.

—¿No? —Juanjo se inclinó más, su aliento rozando su oreja—. ¿Recuerdas cuando… cuando cerraste aquel encuentro en el hotel? Estabas igual. Temblando. Y luego… satisfacción, ¿verdad? Cerrar un… momento especial. Entregar lo prometido.

Su mano bajó del respaldo. Sus dedos rozaron la nuca de Silvia, un gesto de quien se convierte en caricia, en posesión. Ella cerró los ojos un segundo, un segundo largo, y un jadeo suave escapó de sus labios, involuntario, traicionero.

—Juanjo… —murmuró, pero no se apartó. No abrió los ojos.

—Mira esto —dijo Juan, y su mano subió por el muslo de Silvia, lenta, inexorable, hasta el borde del vestido, hasta donde el body de encaje empezaba.

Silvia abrió los ojos. Miró a David. Había confusión en su mirada, confusión y culpa y miedo, pero también algo más. Algo que brillaba con luz propia. El morbo despertándose. La excitación de ser deseada, de ser el centro, de ser la mercancía codiciada.

—Yo… deberíamos subir —dijo, pero su voz carecía de convicción, era un susurro, una forma de hablar sin comprometerse—. Estamos cansados…

—Todavía no —murmuró Juanjo, y sus dedos jugaron con un mechón de su cabello castaño, enrollándolo, tirando suavemente—. Estamos recordando viejos tiempos. ¿O no quieres recordar, Silvia? ¿No echas de menos… ser la mejor? ¿Ser deseada? ¿Sentirte… útil?

—Siempre fui buena —susurró ella, y sus labios se humedecieron, su lengua rozándolos lentamente—. Siempre cumplía.

—Eras excepcional —corrigió Juan, y su mano finalmente tocó el borde del body negro bajo el vestido, el encaje bajo sus dedos—. Y sigues siéndolo. Mira esto. Mira cómo respondes.

Silvia jadeó. Un sonido suave, casi un gemido, que escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo. Sus pezones, visibles bajo el encaje y el vestido negro, se endurecieron de golpe, dos puntos oscuros y traidores que presionaban contra la tela, implacables, inevitables.

—Ahí está —murmuró Juanjo, triunfante, su voz un susurro de victoria—. Eso es lo que recordaba. La señal de que estabas lista. La señal de que querías más.

—No es… —protestó Silvia, pero su cuerpo se inclinó hacia Juanjo, sus piernas se abrieron un centímetro más, dando acceso, dando permiso.

—¿No? —Juanjo sonrió, una sonrisa de depredador que ha olido la sangre—. Entonces ¿por qué estás mojada, Silvia? ¿Por qué hueles a excitación desde aquí? Juan, huele. Dime si me equivoco.

El olor era real, innegable. El perfume dulce de ella se había transformado, mezclándose con el aroma más denso, más animal de su excitación. Un olor salado y cálido que subía de entre sus piernas, que llenaba el espacio reducido, que anunciaba su estado de forma inequívoca.

Silvia no respondió. No podía negarlo. Un silencio de rendición, de aceptación.

—Vamos a subir —dijo Juanjo, levantándose, ajustándose los pantalones donde su erección era evidente—. Tú vienes con nosotros. Él… puede acompañarnos si quiere ver cómo se… cierra un encuentro especial de verdad. Cómo se atiende a una… invitada exigente.

En el ascensor, Silvia quedó entre ambos. Sus cuerpos la enjaularon mientras David miraba los números subir, impotente, desde su posición detrás de ellos. El espejo del ascensor reflejaba la escena: Silvia, más pequeña entre ellos, su piel bronceada contrastando con los trajes oscuros, su vestido arrugado, su pelo desordenado. El olor a colonia masculina, perfume femenino y sexo anticipado llenaba el espacio cerrado, sofocante.

Juan le susurró algo al oído; David no oyó qué, pero Silvia se rio, una carcajada limpia, una risa liberada, desinhibida, una risa que nunca le había regalado en cuatro años de matrimonio. Su mano se posó sobre la bragueta de Juanjo, palpando, explorando, reclamando. A David no le miró. Ni una vez.

La suite de ellos era el doble que la habitación de David y Silvia. Le señalaron una silla en la esquina, a la penumbra, como a un niño castigado. Desde allí podía oler el cuero de los sofás nuevos, el olor a limpio del hotel de lujo, y el aroma creciente de sexo que ya empezaba a impregnar el aire.

—Siéntate —ordenó Juanjo con desprecio, con la voz de quien da órdenes que no admiten discusión—. Y no te muevas hasta que terminemos de recordarle a Silvia lo buena que era… lo buena que es. Hasta que recordemos todos lo que ella puede hacer cuando se lo propone.

Juan tomó a Silvia por la cintura. La giró hacia David —para que no perdiera detalle, para que fuera testigo— y bajó la cremallera del vestido con lentitud deliberada, haciendo que cada centímetro fuera una agonía. La tela negra cayó en silencio sobre la alfombra, un montón de seda abandonada. Ella quedó en medio de la habitación, iluminada por la luz cálida de las lámparas, envuelta en ese body negro de encaje que había elegido para su marido, que ahora se convertía en su uniforme de sumisión ante otros.

—Madre del amor hermoso —exhaló Juanjo, recorriendo su silueta con los ojos, devorándola—. Mira este cuerpo. Esta piel. Esos pezones erectos contra el encaje… es una puta obra de arte. Cuanto deseaba verte asi–. Y ahora despues de 4 años…..creo que incluso me gustas mas….

El body era casi transparente. Los pechos de Silvia, firmes, redondos y de un tamaño considerable para tu constitucion delgada. Con los pezones de tamaño mediano y rosados, se veían perfectamente a través del encaje, endurecidos y expectantes. Su vientre plano, sus caderas estrechas, el triángulo de vello oscuro visible bajo la tela fina que se habia retocado bien ella misma para su marido, fuera de la depilacion de su esteticien. Sus piernas, largas y torneadas por el deporte desde jovencita, temblaban levemente, no de frío, sino de anticipación.

—Una pena —se rio Juan, acercándose por detrás. Sus manos enormes encontraron los cierres del body. Los abrió con maestría, lentamente, haciendo que Silvia sintiera cada segundo de la exposición, cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. El encaje cedió y sus tetas se liberaron, dos esferas perfectas, firmes, rebotando ligeramente, con los pezones mostrandose ya muy duros como guindillas, apuntando hacia arriba, hacia ellos, hacia su nueva vida.

—Joder… —se le escapo a Silvia con voz temblorosa, su respiración agitada—. Esto es… esto es una locura… estoy casada, esto no se si debería…

—¿Te gusta? —susurró Juan al oído, mientras sus manos subían por su vientre y agarraban sus pechos por debajo, levantándolos, pesándolos, poseyéndolos—. ¿Te gusta que te miren así? ¿Que te deseen así?

—No sé… —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás, apoyándose en él—. No sé si debería… esto no esta bien y no puedo…

—Pero tu cuerpo sí sabe —intervino Juanjo, acercándose por delante. Su mano se posó sobre el monte de Venus de Silvia, presionando el encaje contra su sexo, sintiendo el calor, la humedad que ya empapaba la tela—. Estás caliente. Y mojada. Huele, Juan. Huele cómo está. Huele lo excitada que está esta puta casada. Ademas humede y suelta de lo lindo…

Juan bajó una mano, deslizó los dedos por el interior del body, entre sus piernas, y los sacó brillantes, cubiertos de su flujo, empapados, resbaladizos.

—Hostia… —exclamó, oliendo sus dedos delante de la cara de Silvia, obligándola a ver, a oler, a aceptar—. Esto es pura excitación. Tu mujer está empapada, David. Y ni siquiera la hemos tocado bien. Imagina cuando empecemos en serio.

—Basta… —protestó Silvia débilmente, pero no se apartó. Sus piernas temblaban visibles, sus rodillas cedían.

—Basta, dice —se burló Juanjo, y de un tirón rasgó y abrio el resto de body. La tela fina cedió con un sonido de desgarro que resonó en la habitación, y Silvia quedó completamente desnuda, expuesta, su piel morena por su piscina de urbanizacion, contrastando con la lencería rota que colgaba de sus caderas como un recuerdo de su antigua vida y de su intencion romantica con su marido.

—¡Joder! —gritó ella, sobresaltada, cubriéndose instintivamente los pechos con las manos como pudo abarcarlos, y cruzando las piernas—. ¡Me habéis roto la ropa! ¡Era… era muy bonito y queria conservarlo….!

—Te compraremos otra —dijo Juan, apartando sus manos con facilidad, con fuerza, con autoridad—. Diez. Cien. Ahora quiero verte. Toda. Sin escondites. Sin vergüenzas.

La empujaron suavemente pero con firmeza hacia el centro de la habitación. Silvia dio unos pasos tambaleantes, intentando cubrirse, pero Juanjo le agarró las muñecas y se las apartó de delante, sujetándolas a los costados.

—No te tapes —ordenó—. Quiero que tu marido vea lo que tiene delante. Mira esos pezones, Juan. Duros como piedras. Y este culo… este culo que lleva años corriendo y haciendo ejercicio mientras espera ser follado como se merece. Ahora que lo veo me gusta aun mas de como lo recordaba y hablaba todo el mundo de tu culito Silvia.

Juan se agachó detrás de ella, separó sus nalgas con ambas manos, exponiendo su sexo completamente, abriéndola, inspeccionándola. Silvia jadeó, avergonzada pero excitada, su respiración agitada, su cuerpo respondiendo a pesar suyo.

—Mira esto —dijo Juan, hablándole a David, dirigiéndose a él como a un espectador, como a un aprendiz—. Está cerradita. Pero mira que labios bien gordtios tiene…. y estos pliegues al final enrrollados….Cerradita..pero no por mucho tiempo.

—Silvia, ¿tu marido te ha mirado y tocado con tanto deseo alguna vez?

—Silvia balbuceo y dudo….. —susurró ella—. él asi, de esa forma que haceis….quiero decir no.. no así…

—¿Y te gusta? —preguntó Juanjo, acariciando su rostro, tomándola por la barbilla—. ¿Te gusta que dos… maduros te deseen así? ¿Que te usen así?

Silvia cerró los ojos. Un largo jadeo escapó de sus labios, un sonido de derrota y victoria mezcladas.

—Sí… —confesó, casi inaudible, como si la palabra la quemara—. Sí me gusta..termino diciendo con una voz docil..

—¿Qué? —insistió Juan, dándole un azote en el culo que resonó en la habitación, haciéndola saltar—. No te he oído. Dilo fuerte. Dilo para que tu marido lo oiga.

—¡Que sí! —gritó mas alto ella, con su voz ahora quebrada por la excitación, y liberada de la vergüenza y asimilando el picor y calor del cachete en tu gluteo—. ¡Sí me gusta, joder! ¡ Tal y como estais haciendo los dos ahora!

—Ahí está —murmuró Juanjo, triunfante—. La verdad. La verdad que ella misma no se atrevía a decir. Ahora vamos a darte lo que necesitas. Lo que tu marido no puede darte.

La arrastraron hasta la cama. Silvia se sentó en el borde, insegura, sus piernas cruzadas instintivamente, intentando conservar la última gota de dignidad. Juanjo se arrodilló delante de ella, separó sus rodillas con fuerza, abriéndola, y se quedó mirando su sexo expuesto, brillante de humedad, los labios hinchados y ya algo separados, palpitando.

—Qué coño más bonito —dijo, y sin más, sin preámbulos, inclinó la cabeza y la lamió desde el perineo hasta el clítoris, una lengua larga y caliente que hizo que Silvia se arqueara violentamente, que su espalda se curvara como un arco.

—¡¡Joder!! —gritó ella, sus manos agarrando las sábanas, sus uñas clavándose en el tejido—. ¡Madre mía…! ¡Dios…!

—¿Te gusta? —preguntó Juanjo, levantando la vista, su barbilla brillante de sus jugos, su boca húmeda—. ¿Te gusta que te coman mientras tu marido mira? ¿Que te usen como una puta?

—¡Sí! —gimió ella, sin filtro ya, sin restricciones—. ¡Sí, joder, sí! ¡No pares… por favor, no pares!

Y así empezó todo. Lo que debía ser una noche de pasión entre marido y mujer se convirtió en algo más oscuro, más intenso, más inolvidable. Silvia, la mujer extrovertida y alegre que caía bien a todo el mundo, la que en público era tan correcta y reservada con temas de sexo, se transformó esa noche en otra persona. Una vez suelta y liberada, una vez que la tradición y la timidez cedieron ante la excitación, reveló su verdadera naturaleza: multiorgásmica, de un aguante envidiable, y produciendo flujos sin parar que empapaban todo tela que tocaba sobre su vulva.

David observaba desde su silla en la penumbra, viendo cómo su mujer de 42 años, con ese cuerpo tonificado que había esculpido en natacion y running, ese culo precioso que desde joven había provocado fantasías, se entregaba por completo a dos hombres que apenas conocía pero que habían despertado algo en ella desde este primer encuentro en el viaje.

Enviado por: DAVID

El viaje truncado de Silvia. Primera parte
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